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Crítica de Breve Encuentro (David Lean, 1945)

Dos extraños esperando un tren que nunca llegará.

Y no. No un tren de verdad. Sino el tren a una nueva vida.

Una estación de tren en tiempos de guerra, un bar en tiempos de crisis y una pareja de extraños en tiempos de dejar atrás sus vidas. Así se abre telón ante nuestros ojos una de las más hermosas historias de amor contadas ante los ojos del espectador. Un amor prohibido entre andenes.

Pocas películas me han cautivado tanto como esta. Desde hace un par de años, me mantengo fiel a la rutina de ver clásicos al menos tres madrugadas a la semana. Es muy duro tener que afrontar la realidad todos los días en este mundo, por lo que se ha convertido en una necesidad primal evadirme de esta enganchándome a una butaca y pegando mis ojos a la pantalla.

Afuera el mundo se despide hasta el día siguiente. Se escucha el viento silbar a sus anchas por los patios de los vecinos, las lavadoras y secadoras haciendo largas y duras horas extra, la radio de mi padre murmurar cosas indescifrables en la otra habitación. Es una ambientación onírica, una realidad fresca, apacible y alternativa. Y mi sonrisa solo se pronuncia aún más a medida que surge en pantalla el pitido de un imparable tren entrando en la estación de Milford Junction.

Arenilla, tanto en el ojo de Celia Johnson como en el nuestro.

Y es que así termina la historia. Algo metido en el ojo del espectador. –No estoy llorando, es alergia-.

Celia Johnson (This Happy Breed, David Lean, 1944) encarna a Laura Jesson, una madre ama de casa tan fiel a su marido como a soportar el aburrimiento que supone su matrimonio. Un día a la semana, tiene la rutina de ir a la ciudad a pasar la tarde entre escaparates y butacas. Trevor Howard (The Third Man, Orson Welles, 1949) da vida al Dr. Alec Harvey, un tipo formal e inteligente, también un fiel padre de familia devoto a su trabajo y a sus obligaciones.

Dos extraños con mucho en común: mediana edad, inmersos en un tedioso matrimonio, dos hijos pequeños y la sensación de estar perdiendo el tiempo.

Por justicia poética, destino o mera casualidad, los dos desconocidos cruzan sus caminos en la intersección de sus rutas. Ella yendo de compras y al cine, él yendo a un hospital próximo: la estación ferroviaria de Milford Junction.

El núcleo de la estación es una pequeña cafetería por la que pasan todo tipo de personajes, desde unos estúpidos soldados que no toman bocanada de aire si no va cargada de nicotina ni toman trago si no es etílico, hasta inocentes amas de casa, pasando por mujeres de alta clase que viven a base de bizcochitos, té y sentirse superiores al resto de mortales.

Algo se mete en el ojo de Laura y el Dr. Alec Harvey interviene en escena para sacárselo. Comienza así una de amistad entre ambos, la cual desembocará inevitablemente en un amor tan intenso como imposible.

Se convierte en rutina y necesidad el verse cada semana. Van al cine, al teatro, a restaurantes y dan largos y nocturnos paseos. Sin embargo, la culpa que aflora en ella es cada vez más fuerte.

David Lean dirige a Noël Coward.

Breve encuentro (Brief Encounter, 1945) supone la quinta película de David Lean, maestro incuestionable del séptimo arte que llevó a la gran pantalla épicas como Lawrence de Arabia (1962), El puente sobre el río Kwai (1957), Doctor Zhivago (1965).

Durante la década de los años 40, cuando Reino Unido aún no había terminado de vaciarse los bolsillos pagando las deudas de la Primera Guerra Mundial y ya estaba metida de cabeza en la Segunda, la habilidad literaria de Noël Coward y la revolucionaria visión del director inglés David Lean se fundieron dando paso a una de las más icónicas uniones director-escritor de la historia.

De tal coalición artística, surgieron títulos como el clásico sobre el cual está usted leyendo, y otros como In which we serve (Hidalgos de los mares, 1942), This Happy Breed (This Happy Breed, 1944) y Blithe Spirit (Un espectro travieso, 1945).

Estos títulos forjaron el legado que dejaría en este mundo la obra de Noël Coward y dejarían al descubierto el talento nato indiscutible para la narrativa visual de Lean.

Un clásico directo a un corazón en blanco y negro.

El blanco y negro. Ese formato que tanto nos ha dado y que poco a poco la gente va dejando de lado. El cine ha dado el salto al mundo digital y muchos nuevos espectadores y realizadores parecen dar la espalda al pasado de este: el mundo analógico.

He estado delante de gente joven de mi edad que se sentía orgulloso de soltar frases como “Yo no veo películas en blanco y negro, eso no es para nosotros” o “películas más allá de 2010 son antiguas y nos las veo“. Son cosas que no entiendo.

Hay que comprender que la gran mayoría de obras maestras (y películas que no llegan a tanto pero son buenos intentos) fueron hechas en blanco y negro para ser sacadas a la gran pantalla, para verse en salas de cine (una magia que desgraciadamente se está perdiendo). Debemos aprender a ver los clásicos, a dejar que nos guíen y que nos enseñen a ver el mundo de diferentes maneras.

Noel Ebringer habla sobre Breve Encuentro (David Lean, 1945).

Pues el mundo, aunque ahora sea a color y en gran angular, hubo un día en el que fue en blanco y negro. Y no podemos olvidarlo. Su música, sus diálogos, sus lugares, sus formas de ser. No es su cine, es su atmósfera.

Noel Ebringer

Estudiante de cine en ICM (Instituto de Cine de Madrid). 18 años. No sé si ver tantas películas es bueno.

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