Criticas

Crítica de El Tubo (Mathieu Turi, 2020)

Un claustrofóbico laberinto más que se pierde en su propio argumento.

El Tubo es una película que parte de una posición que ya deja la yugular al aire, a merced de la crítica.

Aunque su dirección sea buena, que no se queda corta a la hora de usar un amplio rango de planos y movimientos de cámara a pesar del poco espacio del que dispone, la película no puede dar la espalda a su argumento. ¿Alguien encerrado en una cámara laberíntica de tortura diseñada a la perfección y no sabe de primeras el motivo? Nada que sagas como Saw (2004-2021) o Cube (1997-2004) no nos hayan mostrado en pantalla desde hace más de dos décadas.

Homenaje o mezcla o búsqueda de originalidad fallida.

Lisa, que así se llama Gaia Weiss en este thriller, despierta vestida con un traje que ya de primeras llama la atención. Una curiosa mezcla entre los trajes que lleva Will y Jaden Smith en After Earth (M. Night Shyamalan, 2013), los destiltrajes de Dune (1984/2021) y el aún más icónico atuendo amarillento de Bruce Lee en Game of Death (1978). Es cierto que Mathieu Turi estuvo en el equipo de asistente al director en Malditos Bastados (2009), es decir, codo con codo con el inconfundible Quentin Tarantino. Por lo que este puede ser un tributo del francés al estadounidense por semejante experiencia laboral.

Se sigue buscando originalidad dando vueltas a los mismos temas: trajes especiales que ya hemos visto, un robot maligno que controla el laberinto y cura las heridas de Lisa, pruebas a superar por la protagonista que no son originales (inundación, estrechamiento o fuego)… Además porta consigo un extraño brazalete a modo de cronómetro para saber cuánto tiempo puede tomarse para llegar a la siguiente prueba (si consigue hacerlo viva, claro). La luz que surge del brazalete, basada en la gravedad del asunto que tome lugar, varía desde el amarillo tranquilidad hasta el rojo peligro. Nada nuevo incluso aunque el brazalete llegue a convertirse en un elemento esencial.

Un escenario que destaca sobre el resto de elementos.

Largos y claustrofóbicos pasillos que se estrechan, se inundan e incluso sirven de horno crematorio, suponen el mayor desafío para Gaia Weiss. Aunque se introduce el elemento Adam, cuyo papel va desgraciadamente poco más allá de perseguir a la protagonista y dar algún susto al espectador (o intentarlo sin éxito), no deja de ser algo secundario, ya que por mucho que se esfuerce, nunca será tan peligroso como el laberinto en sí.

El escenario está muy bien conseguido. Demuestra ser un sitio en el que no querría nadie meterse, además de mostrar que en unas ocasiones más vale maña que fuerza y en muchas otras hay que sacrificarse físicamente. Las pruebas consiguen agobiar realmente al espectador, que sin darse cuenta se va quedando sin aire como la protagonista.

Estás tan hipnotizado viendo a Weiss arrastrándose boca arriba por un pasillo el cual cada vez es más estrecho, que cuando te das cuenta llevas un minuto sin pestañear ni tomar aire. Cuando ella por fin respira, tú por fin exhalas.

Noel Ebringer habla sobre El Tubo (Mathieu Turi, 2020)

El laberinto me hizo sonreír en muchos momentos, pues me recordó a las torturas que utilizaba Boris Karloff en La máscara de Fu-Manchú (1932). Esas increíbles máquinas de sufrimiento de cartón piedra de los años 30 que parecían salidas de una novela pulp: la demencial cámara de pinchos, el láser gigante, la habitación llena de cocodrilos… Me entró verdadera nostalgia.

¡En cualquier instante van a revelar que el genio pensante detrás del laberinto es Fu-Manchú! Estuve toda la película pensando y riéndome, en el buen sentido.

Noel Ebringer habla sobre El Tubo (Mathieu Turi, 2020)

Unos flashbacks que dejan con pocas ganas de conocer la historia.

Los flashbacks en esta película son un problema en parte sí y en parte no. Nos ayudan a comprender de dónde viene Lisa: su familia, su padre, su pareja, Adam (que debería tener un papel importantísimo pero no se lo dan) y su hija. Los flashbacks son introducidos en una sala donde ella experimenta una conexión con su propia historia. Ve en una pantalla reluciente a su padre y en otra a su hija siendo feliz y en otra a Adam y en otra el recuerdo de cuando este casi la mata y en otra su vida si hubiera salido bien… Lo malo llega en la propia estética de los recuerdos, que parecen más videos de stock que una película.

La estética de la película no es mala en absoluto. Seduce al espectador. Juega muy bien con los contrastes entre la oscuridad de las trampas con las luces que emana el brazalete de ella. Abundan los tonos azules oscuros y fríos en el metal de las trampas, que chocan con los vivos colores del rubio de la protagonista, tanto en su traje como en su pelo. Esto hace claro el mensaje de que el laberinto está muerto, como todo lo que entrará en él. Y Lisa, es la gota de vida que hay en su interior.

Una película agridulce, y no en el buen sentido.

Mathieu Turi consigue destacar a modo de director pero resbala totalmente como guionista. El público no empatiza con la protagonista en ningún momento de verdad, llega un punto en la película que realmente te daría lo mismo si Lisa sobrevive o no. Se plantean muchas preguntas desde el inicio: ¿Quién es Lisa en realidad? ¿la Tierra ha sido tomada por huesudos alienígenas que encierran a los humanos como ratas? ¿Todo está ocurriendo tal y como creemos?

Desgraciadamente, llegas al final y te das cuenta que las respuestas te dan igual. Pues desgraciadamente te interesa más el qué vas a hacer al salir del cine que la película en sí.

Era obvio que la película no pretendía meternos en la cabeza una reflexión moral ni una lección vital en ningún momento. Apunta a la diana de ser un thriller de acción y terror, pero desgraciadamente se queda a mitad de camino. Y no soy el único que piensa esto, la poca gente que había en la sala murmuraba lo mismo.

Noel Ebringer habla sobre El Tubo (Mathieu Turi, 2020)
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Noel Ebringer

Estudiante de cine en ICM (Instituto de Cine de Madrid). 18 años. No sé si ver tantas películas es bueno.

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